Semejante profecía, cargada de dramático tremendismo, plantea en principio tres interrogantes:
¿Qué entendemos por cultura?
¿La cultura desaparece o se transforma?
¿Cuál es la tradición que se invoca para el sentido del vocablo?
Seguramente, cada uno tendrá distintas respuestas para estas preguntas. Sería un acto de soberbia intelectual pretender que las propias son las únicas y verdaderas. Por los argumentos que esgrime el novelista peruano en su ensayo podríamos deducir que:
La cultura es una elaboración sofisticada y exquisita de artistas e intelectuales que forman parte de una elite pensante. Esta visión se apoya en un esteticismo exacerbado y abomina de toda manifestación masiva o multitudinaria.
La transformación de ese concepto de cultura significa, lisa y llanamente, su desaparición.
La tradición que da sentido al vocablo es, en esta visión, la occidental y cristiana con pretensiones de universalismo.
Nosotros, en cambio, responderíamos a aquellas preguntas de la siguiente manera:
La cultura es una construcción colectiva de la cual se nutren las creaciones individuales.
Como todas las actividades humanas, la cultura se transforma a lo largo del tiempo.
Nuestra cultura es un óptimo de diversidades dinámicas, de tradiciones nativas y europeas que le dan un sentido diferente al de otros pueblos.
En cierta manera, la afirmación de Vargas Llosa nos hace recordar el pronóstico del fin de la historia del politólogo norteamericano –de origen japonés- Francis Fukuyama; ambas son miradas apocalípticas y profundamente conservadoras, ya que trasuntan un anhelo de congelar la evolución de la humanidad en un momento presuntamente ideal o idílico según sus particulares cosmovisiones.
La profecía del Premio Nobel de literatura parece el fruto de un enfoque bastante superficial de consecuencias visibles, sin analizar las causas profundas de la banalización de la cultura convertida en espectáculo. Podemos coincidir en el diagnóstico que él realiza, que por otra parte no resulta novedoso ni original: ya en 1967 el filósofo, escritor y cineasta Guy Debord publicó “La Sociedad del Espectáculo”. Sin embargo, nos interesa más indagar acerca de los factores que promueven la degradación de la cultura. Por debajo de ese fenómeno observable opera un sistema capitalista dominado por lo financiero y exacerbado al extremo en la búsqueda de la rentabilidad y el lucro en todas las actividades. Sistema que, por otra parte, tiene al escritor como uno de sus hijos dilectos y niño mimado.
Se trata, nada más y nada menos, que de la economía de mercado erigida en verdad absoluta y valor supremo de las relaciones sociales. Al preguntarle si la lógica de la economía de mercado lleva a la desculturización, el cineasta Jaime Rosales responde: “No de forma calculada, pero es verdad que cierto mercado, en su voracidad, tira a lo fácil, lo rápido”.
Al considerar al público en su rol de consumidor más que de ciudadano protagonista pleno, los que buscan únicamente lucrar con la cultura la conciben como producto que debe competir para imponerse en el mercado. En consecuencia, prevalece el criterio comercial y se menoscaba la importancia de la calidad de las producciones culturales.
Esta mercantilización de la cultura alienta particularmente las modalidades espectaculares, aquellas que acentúan ciertos perfiles que provocan mayor impacto en el público. De la misma manera se simplifica y se aborda superficialmente la actividad cultural, en el afán de llegar a un público amplio y a la vez segmentado. El foco en públicos “multitarget”, en consecuencia, hace que disminuya la calidad de las expresiones culturales, ya que lo prioritario es atrapar la atención del potencial consumidor.
No se trata, vale la pena reiterarlo, de asociar cultura con manifestaciones elitistas, sino de advertir sobre los efectos de la masificación con fines puramente consumistas. Como bien señala la editora Valeria Bergali «es difícil precisar qué se entiende por cultura de calidad, como a veces se la denomina». «En cualquier caso -comenta- , será aquella capaz de proporcionar significados a personas muy variadas, de construir elementos para la reflexión y el placer para un público amplio, pues calidad y democracia no están reñidos.
La cultura, es claro, tiene un componente de espectáculo y busca entretener o, al menos, captar la atención del público. El problema se plantea cuando el espectáculo o el entretenimiento se convierten en objetivos en sí mismos y buscan solamente el éxito que se traduce en rédito económico. El equilibrio de la ecuación está, quizás, en el término “reflexión” que introduce Bergali.
El artista Joan Fontcuberta distingue dos conceptos de cultura. «En términos de producción de cultura -dice-, hay una cultura de creación y una cultura de consumo. Hay una cultura que nos hace pensar y otra encaminada a la evasión. Hay una cultura crítica y otra convertida en un género que se rige por las leyes del mercado y de la industria del entretenimiento”. Fontcuberta rememora a Margaret Thatcher cuando dijo que una pintura que no se vende es una pintura que no debería ser pintada. “Para los neoliberales, afirma el artista, una cultura que no sea rentable es una cultura inútil que no debería incentivarse. Tanto da si la cultura más rentable desarticula nuestra memoria y nuestro sentido de colectividad».
Volviendo al libro de Vargas Llosa, el escritor asocia la degradación de la cultura con la de los medios de comunicación y la política. Ciertamente, existen imbricaciones y se puede trazar un paralelismo entre estos fenómenos.
En la sociedad actual se observa una modalidad de la comunicación que algunos estudiosos de los medios llaman infoentretenimiento, según la cual los productos y servicios orientados a la información pierden importancia frente a los que se dirigen al entretenimiento del público, considerado como un consumidor más que como lector u oyente.
Ese relegamiento del componente informativo de los medios de comunicación, además de desvalorizar al sujeto receptor en su rol de ciudadano, lo descoloca en tanto constructor de sentido, pues distorsiona sus sistemas lógicos, cognitivos, perceptivos, que orientan el pensamiento y la acción. En definitiva, bloquea la capacidad del hombre común de estructurar el sentido simbólico de su propia existencia. Y ya se sabe que lo simbólico es lo que opera el pasaje de la naturaleza a la cultura y nos constituye como sujetos.
El mismo fenómeno se manifiesta en la política y en la cultura, donde vemos cómo la imagen y las formas se imponen al contenido y ganan espacio las actividades antes secundarias del marketing y el merchandaising.
No pretendemos negar aquí la importancia económica del consumo cultural. Según datos del Sistema de Información Cultural de la Argentina (SinCA), que depende de la Secretaría de Cultura de la Nación, la actividad cultural en Argentina aportó al PBI en 2009 el 3,5 por ciento (supera lo producido por la minería y la pesca). Pero este enfoque económico nos llevaría, en todo caso, a reflexionar sobre la importancia de considerar a la cultura como una inversión y no un gasto, ya que genera trabajo y productos con valor agregado.
Tal concepto de inversión tiene que desarrollarse en el marco de una política pública para el área cultural. Si el modelo económico es privatista no serviría de nada, porque los ingresos generados por la “industria cultural” no se redistribuirán entre los artistas que crean y producen los bienes culturales.
Hablamos en definitiva de una necesaria intervención del Estado como promotor de la cultura, aunque es de suponer que la impronta neoliberal del pensamiento de Vargas Llosa rechazaría cualquier injerencia estatal en aras de preservar la “libertad” de los “espíritus creadores”. Libertad que el Premio Nobel –y quienes piensan como él- nunca creen vulnerada cuando intervienen los intereses privados.
Más afín al neoliberalismo es el concepto de mecenazgo, que libera fondos que podrían –y deberían, según nuestro criterio- ser distribuidos por el Estado para desarrollar iniciativas de interés público, dejando en manos de las empresas privadas la decisión unilateral del fomento cultural. Se genera una política paralela que no siempre responde a las necesidades culturales de los ciudadanos. Por otra parte, quienes definen los aportes significativos para el mecenazgo son los grandes contribuyentes: mayormente las empresas multinacionales que han transferido riquezas fabulosas al exterior y han precarizado el trabajo de los argentinos. Esos serían los supuestos mecenas de una cultura nacional.
En resumen: en lugar de lanzar admoniciones por la supuesta desaparición de la cultura y de describir los síntomas de esa profetizada extinción ¿no sería mucho más conducente debatir sobre el rol del Estado, las políticas culturales, los intereses económicos privados, en fin, sobre los factores de poder y los procesos que generan, tomando las propias palabras de Vargas Llosa, “la banalización de la cultura y la generalización de la frivolidad”.
Tal vez, lo que trasunta el escritor peruano en su más reciente libro es un lamento por la falta de protagonismo en el poder político de una aristocracia intelectual de la cual él se siente un selecto y casi exclusivo integrante.
*Josefa Prada es Licenciada en Antropología y Carlos Holubica es Licenciado en Comunicación Social. Son autores de varios trabajos sobre educación y cultura y del libro Teatro Colón: 102 años de historia (Buenos Aires, Editing, 2010).


