La Flor de Barracas supo tener su época dorada a principios de Siglo XX. Ubicado en Suárez y Arcamendia perteneció a tres españoles durante los últimos 60 años. El paso del tiempo hizo que perdiera notoriedad. Y en el 2009, el cartel de “se vende” presagió hasta una demolición.
Por suerte esto no ocurrió. Sus nuevos dueños -que no tenían experiencia en temas gastronómicos, comenzaron a reciclarlo y, poco a poco, los vecinos volvieron a acercarse, lo mismo que los obreros de fábricas y ejecutivos de la zona.
Los pisos originales de 1897 se acondicionaron, su fachada quedó impecable, y su barra de madera, con decenas de botellas de bebidas como ginebras, whiskies, vinos, ron y licores, empezó a recibir pedidos.
El proyecto que tuvo sanción en la Legislatura fue impulsado por el diputado Francisco Tito Nenna (FpV) y distingue a la confitería por su valor patrimonial: “Ha sido sitio de reunión de los carreros que iban o venían del Sur, su primer nombre “La Puñalada” recordaba la gran cantidad de duelos criollos. Memorables payadas se han producido entre sus paredes y, ya en el siglo XX, formó parte del circuito de reductos donde las primeras orquestas típicas habían tocado tango.
El registro municipal data de 1912, pero los vecinos sostienen que es anterior a la Escuela Normal N° 5, que cumplió cien años”.



