Política

La esperanza es con el pueblo

"En la construcción de la esperanza, el pueblo debe estar presente, participar, decidir, organizarse. Hay que saber convocarlo" señala Mariano Pinedo.

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El principal defecto en el que puede caer un movimiento político, en cuanto organización que pretende articular y conducir los sueños, aspiraciones, ideas e intereses de su pueblo, es constituirse -por su formato, su rigidez o su ideologismo- en un impedimento para que ese pueblo se exprese tal cual es, en cada momento histórico. Los dirigentes políticos que configuran a sus espacios de manera cerrada, no participativa, endogámica, que definen su identidad y ámbito de representación a la medida de su propio interés (psicológico, económico, ideológico), preocupados más por controlar que por representar, más por dominar que por permitir protagonismos más fluidos, creativos y aportantes de novedad y diversidad, terminan por debilitar enormemente su propia capacidad de transformación. Pierden la energía de quienes viven la comunidad, únicos y verdaderos actores de la vida política de las sociedades.

Por el contrario, los y las lideres que mas trascienden su propia “carrera”, que se ven a si mismos como catalizadores de una voluntad popular a la cual respetan tal como es -en lugar de actores excluyentes en círculos de poder que todo lo pretenden dominar con su palabra, como si pudieran con ella crear realidad- son los que se preocupan por interpretar los procesos, fomentarlos, representarlos y conducirlos. El proceso espiritual de relacionamiento es absolutamente diferente. Ver, escuchar, interpretar, exige una actitud más humilde, más respetuosa, observadora. Ello no excluye en modo alguno el momento determinante y la responsabilidad de tomar la decisión, cuando tiene que ser, pero la misma se toma desde una perspectiva realista y acorde a lo que demanda la hora, imprimiendo además, a toda la organización, una disposición a poner el oído en el pueblo, aunque mantenga la mirada en el horizonte.

Los líderes importantes siempre han sido los que comprenden mejor los tiempos históricos, a base de vivirlos, sentirlos, percibirlos. Aquellos que entendiendo las angustias, son capaces de convertirlas en esperanza. Tamaña tarea no es solo una intuición, seguida de un discurso más o menos endulzado. Es un trabajo que exige total disponibilidad de inteligencia, sensibilidad, planificación y mucha organización. Porque nadie puede ver tan profundo si no es con otros y otras; si no es de manera conjunta y tomando verdaderamente lo que el otro u otra ve como un aporte que te impacte. Trocar la angustia en esperanza es un trabajo, no una iluminación proveniente de una técnica de autoayuda. La esperanza es una virtud y, como tal, es un hábito: sustentado en la verdad, en la realidad construida con otros. Generar esperanza no es un acto de magia. Es un acto de compromiso y una responsabilidad, asumida entre todos y en beneficio de todos y todas.

Por eso no creo que sea conveniente enarbolar, como se viene haciendo en algunos ámbitos y momentos de la campaña, como único eje de posicionamiento político, a la explicación de “los dos modelos”. Si fuera así, la cosa ya estaría definida y el trabajo político sería solo propagandístico. Sería un trabajo reservado a publicistas que se limitan a vender de la mejor manera un contenido ya definido, solo apenas modificable en los colores de su envase y las tipologías de las letras. La cuestión de los dos modelos, tantas veces repetida, no convoca ni al pensamiento, ni a la construcción, ni al protagonismo popular. Y por lo que se ve, tampoco convoca al voto. Definir los posicionamientos de los espacios políticos conforme a dos supuestos modelos, es la muerte de la política en cuanto herramienta transformadora, soberana y justa. Es solo una construcción permitida en el campo de la teoría, entendida esta en su peor acepción: sin vocación ni de reflejar, ni de modificar la realidad. Solo abstracción especulativa y desencarnada. Te deja sin nada para hacer. Nada para aportar. Como nunca sos parte, sino meramente adherente, tu rol, tu particularidad, tu energía, está ausente y no empuja. Allí no hay esperanza. Nada nos puede generar menos entusiasmo que no se espere nada de nosotros.

Por el contrario, una convocatoria a construir un proyecto nacional, en el que cada uno ponga su mirada y todos estén contenidos, requiere de un enorme esfuerzo, pero permite fluir como fuerza de empuje al entusiasmo, a la esperanza, al saberse parte.

Ese trabajador y trabajadora que vio Perón en la plaza y con quienes había pasado horas y horas compartiendo conversación, angustias, tristezas y sueños, no solo se sintieron representados por Perón, sino mirados, escuchados y convocados a ser el protagonista de una Argentina en la que había todo por hacer y cuyo destino era el de grandeza. Los llamaban a hacerla juntos. De ser convidados de piedra a ser libres, pero además dueños y artífices del propio destino. Eso resulta imparable. Perón supo reconstruir, desde un lugar novedoso, potente, el poder de una Nación que hasta ese momento se sustentaba solo en la fuerza económica del círculo que se reservaba para sí el manejo del Estado. No era poco, pero el otro poder fue mayor y por eso se impuso. Desde ahí no solo consolidó el poder interno, transformando estructuras anquilosadas y haciéndolas mas justas, garantizando derechos e incluso poniendo los cimientos de una nueva institucionalidad con la Constitución Nacional de 1949, sino que se animó además a discutir una mirada justicialista de cara al mundo. De igual a igual. Alterando el statu quo que solo nos reservaban un rol de segunda en el sistema económico del mundo, con capacidad a lo sumo para ser mas eficientes en el servicio que estábamos llamados a brindar a los poderosos.

Querer ser una Nación, importa la conciencia y la voluntad de construir el poder necesario en el Estado Nacional. Renunciar a construir y ejercer ese poder es librar el pueblo a su suerte, de cara a los más poderosos. Desde ya que la unidad interna es en ese sentido indispensable, pero también la potencia de un pueblo que esté solido, de pie, digno. No hay poder ni Nación posible con un pueblo sojuzgado, miserable, empobrecido, sin apetencias, sin justicia y entregado a los intereses financieros mundiales. Por eso también, otro líder de este siglo XXI, el ex presidente Néstor Kirchner, advirtió -con una notable intuición, en un momento de mucha confusión- la importancia estratégica de devolverle al pueblo la autoestima. Del mismo modo que Perón visualizó a la felicidad del pueblo como un objetivo desde la perspectiva de la defensa nacional (año 1944), Kirchner supo que un pueblo de brazos caídos no podía salir de esa crisis que le tocó capear. No solo fueron las medidas tomadas, sino una serie de gestos que hicieron que el pueblo -primero espiritualmente y después materialmente- salga del sopor, de la pasividad y del dolor de tanto golpe y sufrimiento. Abroqueló a un pueblo detrás de un objetivo, de una meta, de un rumbo. Convocó y permitió la participación de todos. Allí radicó su poder y su impronta. Le devolvió a la Argentina el poder de su Estado, permitiendo que eso se alimente del entusiasmo creativo y del trabajo de un pueblo que acordó y colaboró, libremente y con ganas, con el objetivo de ponernos de pie.

Es cierto que en todas las épocas de nuestra historia, hubo y hay quienes deciden en base a intereses externos y, en función de eso, propician la división, el odio y buscan siempre quebrar la voluntad nacional y su cultura. Pero esos no tienen “otro modelo de Nación”. Simplemente colaboran con quienes no quieren que seamos Nación. No es lo mismo que quienes por ahí adhieren a otras fuerzas políticas, sin más. Para nada. Debemos saber mirar también y recibir aportes de quienes construyen la Argentina desde otras visiones y diferenciarlos de aquellos que están dispuestos a entregar toda nuestra historia, nuestra cultura y nuestra Patria a cambio de manejar un poquito del poder, aun sabiéndolo prestado. La verdadera voz del pueblo es más compleja, más sinfónica y más rica que una cajita abstracta y sin sentido ni densidad, llamada por algunos “dos modelos”. La realidad de nuestra gente desborda cualquier intento de atraparla en conceptos antojadizos.

En la construcción de la esperanza, el pueblo debe estar presente, participar, decidir, organizarse. Hay que saber convocarlo. Los dirigentes deben hacer el esfuerzo de ponerse a su disposición, creando, imaginando, buscando más y más ámbitos de debate acerca del rumbo estratégico de la Argentina. Una Argentina que tiene que construir más soberanía, en sus mares, sus ríos, sus campos y sus industrias. Una Argentina cuyo principal traba esta en la estructura poblacional absurdamente concentrada, con vastísimo territorio sin presencia y ocupación. Una Argentina que no sabe qué disputar en el escenario internacional, que no pareciera no tener conciencia de la batalla que se está dando por el dominio de la tecnología o el control de la producción de alimentos. Una Argentina que fue pionera en materia de medio ambiente y hoy navega entre una posición verde insustancial y la entrega de los recursos naturales a sistemas hiper concentrados de explotación inescrupulosa, tanto en lo social como en lo ambiental. Una Argentina cuyo sistema político renunció a la agenda federal, sin comprender los procesos locales o regionales, pero tampoco la importancia de la conformación de un proyecto nacional que supere los particularismos. Una Argentina que quiere y debe adscribir, en este contexto internacional de post pandemia, a modelos de gestión productiva, económica y política que tengan en el centro de las decisiones a las comunidades en sus territorios y no al interés trasnacional de los flujos de dinero. Seamos capaces de convocar, de acumular ese poder y de conducirlo hacia nuestro sueño histórico de una Patria Grande Sudamericana.

Mariano Pinedo es abogado exdiputado de la provincia de Buenos Aires por la segunda sección electoral. La nota fue cedida por el autor y publicada por la Revista La Barraca