En el Museo Prohibido No Tocar del Centro Cultural Recoleta, tocar la esfera de cristal y sentir la emoción de ese rayo azul oscilando entre la yema de los dedos y el centro de la lámpara de plasma es una de las experiencias más excitantes que un chico y también de un grande.
Pero no es la única. Entre los favoritos está “la silla voladora”, como le dice un niño de ocho años a una silla que gira sobre su propio eje.
Algo tan sencillo como eso, los enloquece. Y al mismo tiempo pone a prueba la fuerza centrífuga y su tendencia a alejar los objetos del eje de rotación.
El remolino de agua que serpentea en una pecera gigantísima es otra de las atracciones. Un niño aprieta un botón rojo y según la presión que imprima le da más o menos fuerza al tifón. No sabe del “efecto coriolis” pero el efecto está ahí, ante sus ojos, para que no se lo olvide nunca.
Si bien el lugar está un poco deteriorado con tableros con leyendas despintadas, algunos botones no andan, se deberá a la falta de mantenimiento pero sobre todo el tránsito de tanto niño.
El Museo Participativo de Ciencias es un buen negocio. Los chicos pagan 50 pesos desde los cuatro años.
Y los colegios, que deben pedir turno con dos meses de anticipación, pagan 35 pesos por alumno.
En su página de Internet dice que el museo abrió sus puertas en 1988 y “a la fecha ha sido visitado por de millones de personas”.
No está claro si la cifra está actualizada pero se puede calcular un promedio de 300 chicos por día.
En vacaciones de invierno se pueden llegar a registrar entre mil y dos mil ingresos.
La fundación que lo dirige está encabezada por la especialista en Museos Amelia Orneli y su marido, licenciado en Física, Roberto Rodríguez.
Así figura en los papeles pero en la práctica, según una empleada, la que dirige la institución es la hija del matrimonio, Nuria Rodríguez Arnelli, licenciada en Artes.
Según su director ejecutivo, Germán Noceti, el emprendimiento, surgió por iniciativa del matrimonio Rodríguez-Arnelli y un grupo de ex alumnos de Ciencias Exactas de la UBA quienes “conveniaron” con el entonces director Osvaldo Giesso , gobierno de Facundo Suárez Lastra, la ocupación de tres pisos del ala derecha.
Pasando por el Patio de los Tilos, sobre la sala Cronopios, el espacio representa casi un diez por ciento de la estructura total del establecimiento.
Desde aquel acuerdo irregular –porque la sesión del espacio público a un privado debe pasar por la Legislatura, la fundación fue arreglando distintos formatos legales con las autoridades de turno.
Pero los permisos nunca estuvieron en orden. Siempre arreglos transitorios que no pasaban los controles de la Procuraduría.
En junio de 2010, el Gobierno de la Ciudad, presenta en la Legislatura un proyecto de ley (Nº 1526/2010 – Expte. Nº 2341/1998) que pretendía “convalidar el período de ocupación desde el año 1988 hasta la fecha”.
Asimismo señalaba que “el permisionario ocupante será responsable de las deudas que pesen sobre el inmueble y que sean imputables al período de ocupación que se convalida”.
En los fundamentos el Ejecutivo señalaba: “Esta gestión persigue complementar un paseo provechoso para los distintos integrantes de un grupo familiar” y es por eso que “a pesar de que los acuerdos mencionados fueron suscriptos por antiguas autoridades del Centro Cultural Recoleta sin ratificación de las áreas pertinentes, no puede obviarse mencionar que las actividades desempeñadas han sido bien recibidas por el público y son consideradas útiles y fructíferas para el Gobierno de la Ciudad”.El expediente no fue sancionado, aunque tuvo despacho de mayoría el 11 de noviembre de 2011.
El diputado Marcelo Parilli, del MST, presentó una observación lapidaria en la que hacía mención a un dictamen de la Procuración del 19 de noviembre de 1999, sobre la “ocupación ilegítima del predio”, señalando que durante este extenso período –23 años– “la Fundación había reiterado incumplimientos en cuanto al pago del canon y de los servicios públicos”.
Los argumentos eran inobjetables. El expediente pasó a archivo. Y nada más se dijo hasta marzo de 2013 cuando se hace público –Boletín Oficial Nº 4118 – 22/03/2013– el llamado a licitación para ocupar el predio cinco años.
Técnicamente un contrato “precario”, el único que puede rubricar el Ejecutivo sin el aval de los legisladores. La licitación, la ganaron los ocupantes.
Noceti se muestra contento. Aunque piensa que el proyecto fue aprobado en la Legislatura y no sabe dar detalles de la licitación ni del convenio dice que “todo fue cristalino y es la primera vez que nos dicen que está todo en regla”.
Asegura que no había deuda con la Ciudad. Se disculpa porque no recuerda cuánto es el canon que pagan.
Fuentes inobjetables del gobierno porteño, dicen que, en abril, pagaron 25.000$.Si bien hay que reconocer que el Museo es lo que mejor que funciona en “el Recoleta”, nadie puede defender la gestión del cordobés Claudio Masseti.
El propio Masseti evita el contacto con la prensa y ante los requerimientos remite a su Ministerio.
Hoy poco queda de lo que fue el Centro Cultural. No tiene premios ni convocatorias masivas que surjan desde adentro.
No hay becas, ni residencias, ni programas significativos por afuera de la grilla de muestras.
No es un centro activo, como son los centros culturales de Medellín o El Matadero y Casa Encendida de Madrid. No es el centro cultural que supo ser siempre.
Cada tanto puede sorprender con una retrospectiva o alguna que otra exposición aislada pero no sólo hablamos de calidad sino de cantidad ante la carencia. E
s crítico el número de artistas visuales, músicos, performers que andan dando vueltas sin poder –ni querer– entrar en el sistema comercial que además es minúsculo y fragilísimo.
Hoy, el Recoleta aloja ferias comerciales con ingreso pago como Eggo y Buenos Aires Photo, festivales como el Puma Street Art y programas empresariales como los premios Itaú y Andreani.
Se concesionan bares, se hacen presentaciones de productos del Banco Ciudad y proyectos gubernamentales.
Mezcla de Salón de Usos Múltiples y Shopping Center, es triste su destino. En estos momentos, la compañía Hush Puppies está ocupando una sala para presentar su línea de zapatos estampados por el plástico José Luis Anzizar. Los publicistas simularon una mesa de diseño con restos de actividad creativa para darle marco a la nueva colección de zapatos.Se plantean entonces dos cuestiones.
La entrega del espacio público, que ya se ha demostrado, es política de Estado bajo la administración macrista, y la del Centro Cultural concebido como actividad lucrativa.
La realidad muestra que aun siendo administrado por una entidad privada deberá ésta rendir cuentas y garantizar el principio de no exclusión.
Un museo que se precie de tal está abierto al que quiera entrar, al menos un día a la semana. La Ciudad se debe una ley de museos. La normativa en el tema, central a la política cultural de una ciudad como Buenos Aires, es en realidad un andamiaje de ordenanzas, resoluciones y leyes emparchadas de los últimos treinta años.
Es necesaria una ley marco que regule la actividad de museos es una lucha histórica en la Legislatura. Actualmente hay dos proyectos presentados, nunca puestos en tratamiento.
Uno de la diputada Susana Rinaldi (Frente Progresista Popular) y otro del diputado Maximiliano Ferraro (Coalición Cívica-UNEN).
Todo el arco opositor pide el tratamiento desde el inicio del gobierno de Mauricio Macri. Lo más cerca que se estuvo de una sanción fue cuando lo intentó el diputado Avelino Tamargo (PRO) conocido por sus negocios en la industria del espectáculo y –durante su paso por la Legislatura– por hazañas tales como proponer como ciudadano ilustre a Gerardo Sofovich.
Tamargo fue de los que hicieron de la Comisión de Cultura una máquina expendedora de declaraciones de honor. La Ley de Museos de Tamargo además de escueta estaba llena de baches y nebulosas.
En una jornada celebrada en la Legislatura los mismos directores de los museos criticaron el proyecto, que finalmente quedó en la nada.
Nuevamente este año la oposición va a insistir con el tratamiento y es posible que lo consigan aunque en el PRO ya deslizaron que ciertas cuestiones no se negocian. Por ejemplo el concurso de las direcciones y sus plantas.
Se sabe: el personal de museo es de los más precarizados del Ministerio de Cultura y de toda la administración pública.
También es un área desfinanciada más allá del reciente reflotamiento del Museo de Arte Moderno y los fuegos de artificio como los del Museo del Humor que, como se dice en el ambiente, “es un mal chiste”.
La función y el grado de poder de las asociaciones de amigos y los proyectos de mecenazgo, la publicidad, en definitiva la actividad de los privados dentro de la esfera del museo público y un incremento en el volumen y la claridad de las partidas presupuestarias sin duda serán temas susceptibles de ser tratados.



