Yo era en ese entonces un desgarbado adolescente de trece años que mataba la espera pitando a escondidas un Comander, sentado en el umbral de la puerta de calle de la casa chorizo donde vivíamos unas seis familias.
También recuerdo que de pronto comenzaron a escucharse varias radios y hubo cierta conmoción en el barrio. Mi madre salió con una cara algo desencajada, o triste, o temerosa, nunca pude definirla bien, para decirme que entrara de inmediato y de paso avisarme que no se haría la fiesta del tío Richard porque había pasado algo grave.
Adentro mi padre, gorila recalcitrante y bastante paranoico, se encontraba hablando muy excitado con mi abuelo y elaborando teorías terroríficas sobre lo que harían ahora “los peronachos”. Y agregaba que tenía ganas de brindar pero mejor no hacerlo por si “alguno lo denunciaba” Por eso había prohibido que se festejara el cumpleaños de mi tío. “no fuera cosa que los metieran presos a todos por “contreras”.
Algunos días después, ya enterado del motivo de tanta conmoción en el barrio, a pesar de mi proverbial ignorancia, quise saber más acerca quién era realmente esa persona por la que lloraban tantas personas. Don Anselmo, un viejo cascarrabias y ex obrero metalúrgico con el que solía charlar, me contó la verdadera historia empezando por el principio del principio como me dijo.
“Llegó solita desde el campo a esta enorme ciudad con apenas quince años, para encontrarse con el hermano; Un tarambana, mujeriego y jugador que la relacionó con el ambiente artístico. Eso fue el principio del principio. Lo demás, me dijo, tiene que ver con gente como yo que la amaba y con gente como tu viejo que la odió sin atenuantes.
Empezó ganándose la vida en la radio; era la época de las radionovelas y todas las mujeres y también muchos hombres, aunque se avergonzaban de confesarlo, las escuchaban con fervor y quienes actuaban en ellas, eran reconocidas por todos. En poco tiempo llegó a ser una de esas actrices que se ganaban la admiración y el cariño de la gente.
Pero el destino le reservaba un lugar importante en la historia de nuestra patria.
Tal vez si seguís estudiando, algún día un profesor te va a enseñar a vos y a otros chicos por qué fue adorada por tanta gente… vos tendrás que sacar tus propias conclusiones, si le das bola a tu profesor o a tu viejo. Porque, escuchá lo que te dice este jubilado: hoy hay dos opiniones contrapuestas sobre ella pero dentro de algún tiempo, sólo habrá una, porque la que expresa barbaridades sobre ella, ya no podrá existir, la verdad terminará por imponerse. Hoy no sabés tal vez de qué te hablo pero cuando lo sepas, tu vida va a cambiar para siempre. Acordate.”
Y así fue, no me lo explicó ningún profesor, me lo explicó la calle, el bar de la esquina de Espinosa y Rivadavia, me lo explicó la gente que llevaba a sus chicos a la playa de maniobras del sarmiento como si los llevaran al mejor parque. Y tal como me había anticipado el viejo Anselmo, me cambió la vida cuando comprendí toda la grandeza que había en esa mujer, adorada por muchos, denostada por los aprovechados de siempre.
Y vaya si entenderlo me cambió la vida; después de cumplir los dieciocho años comprendí que no quería seguir ignorando la política. Que ese tema ya tenía que ver con mi condición de adulto y con algunos amigos del barrio empezamos a militar. Un poco por curiosidad, un poco por aquello de hacerse admirar por las chicas, un poco por el germen de la conciencia social que comenzaba a gestarse en mí.
Gracias a lo que entendí de la obra de Eva Duarte de Perón, Evita, hoy ya en el tramo final de la magnífica aventura de la vida, sigo sintiendo la misma emoción y el mismo entusiasmo cuando veo que otra mujer importante, nuestra Presidenta, arremete contra los enemigos del pueblo, los de adentro y los de afuera, con la misma pasión con que lo hiciera Evita.
Por eso, en este Día Internacional de la Mujer, no pude pensar mejor homenaje para ellas que recordar mis vivencias de la adolescencia ante su muerte.
La suerte, el destino, o simplemente una necesidad histórica nos arrebató a los argentinos a Evita a muy temprana edad. Pero la suerte, el destino o la necesidad histórica nos entregó otra mujer para poder recuperar la dignidad y nuestra condición de Nación justa, libre y soberana. Con estos ejemplos, ¿cómo no homenajear a las mujeres?

