Mientras cientos de miles de manifestantes siguen desafiando al presidente egipcio Hosni Mubarak en la plaza Tajrir de El Cairo, la capital egipcia se convirtió en tierra hostil para los periodistas y un lugar inhóspito para turistas y los habitantes del país, entre los que se extendió el miedo y la desconfianza.La ciudad más grande y populosa de Medio Oriente, vibrante, siempre en movimiento, con su gente amable, dispuesta y entregada al visitante, es hoy tierra de nadie.La situación se fue deteriorando con el correr de los días.Primero el gobierno apagó Internet y dificultó las comunicaciones, pero luego dio un paso más allá al instaurar un estado de terror dejando vía libre a los comandos civiles del presidente para atacar a los opositores y a los periodistas que intentan informar al mundo sobre la revuelta popular que tiene lugar en este país africano.Así, en el epicentro de las protestas, la plaza Tajrir, se pasó de un clima pacífico y festivo -aunque cargado de tensión- a un escenario de batalla campal. Desde que los comandos civiles de Mubarak irrumpieron en la protesta opositora, tras no encontrar resistencia por parte del Ejército, se sucedieron 48 horas de duros enfrentamientos. El recrudecimiento de la violencia cambió el panorama a tal punto que los veteranos profesionales acostumbrados a este tipo de coberturas advertían que para salir a la calle había que actuar con las precauciones de un «corresponsal de guerra».Durante la noche del miércoles al jueves la violencia se había recrudecido y extendido por las inmediaciones de la plaza Tajrir, donde resonaba el estruendo de disparos, golpes de piedras, y bombas molotov.Algunos colegas habían permanecido en la plaza, otros se escondieron en edificios de la zona, y el resto pudimos desplazarnos a lugares más seguros. Uno de ellos parecía ser el Hotel Ramses Hilton, desde donde se veían con claridad los choques entre ambos grupos, separados por barricadas.A la mañana siguiente, piedras, vidrios y hierros retorcidos, así como vehículos quemados se amontonan en estas calles. Los clásicos bares donde se toma el té, los restaurantes y comercios cercanos a la plaza y al Museo Egipcio, que antes del inicio de la protesta funcionaban las 24 horas del día, no sólo estaban cerrados sino que habían sido destrozados.Era el momento de decidir qué íbamos a hacer, si nos desplazaríamos hasta el hospital o la plaza, al tiempo que teníamos información de que los seguidores de Mubarak se dirigían a la zona e iban a atacar el hotel en el que estábamos.Yo me movía junto con un grupo de periodistas, entre ellos egipcios que trabajan para medios internacionales, que me recomendaron salir inmediatamente de allí. Entonces, decidí desplazarme sola a otro hotel donde tenía mi material de trabajo, para luego reunirme con el resto de mis compañeros. Me puse un pañuelo en la cabeza, y salí en un taxi, pero no llegué muy lejos.A poco más de 100 metros me detuvo un grupo de hombres de civil y me hizo salir del auto. Me pidieron el pasaporte, me registraron (una mujer) y mientras discutían entre ellos yo les rogaba que me dejaran ir porque era turista. El taxista intercedió mientras los militares no sólo no ayudaron sino que también me pedían que mostrara mi bolso. Finalmente, cedieron y me dejaron seguir.Tras vivir ese momento de gran tensión, mis compañeros me llamaron para decirme que «no volviera al hotel», que ellos se tomarían un taxi para ir a mi encuentro porque los trabajadores del hotel les advertían que debían irse. Tres colegas brasileños y otro inglés salieron y fueron detenidos por la gente de Mubarak, que se quedó con sus grabadoras y cámaras. Pero otros dos periodistas no reaccionaron a tiempo y tuvieron que esconderse en el hotel mientras se sucedían episodios confusos, se escuchaban disparos y la policía secreta revisaba el establecimiento en busca de periodistas extranjeros.Ya sabíamos que los comandos civiles de Mubarak habían agredido a otros periodistas el día anterior, pero en las últimas horas nos llegaban noticias de compañeros detenidos y algunos desaparecidos, sin que se supiera hasta entonces cuál era su paradero.En pocas horas supimos que la policía secreta del régimen había entrado al hotel y confiscado equipos de TV y luego que una persona gravemente herida «-que en un primero momento fue identificada como periodista- había muerto en el hall.El paisaje era no menos preocupante en los barrios apartados, donde los civiles seguían patrullando diferentes zonas armados con cuchillos, palos y otras arma para evitar los saqueos de los delincuentes liberados de las prisiones para generar caos en la población. La odiada policía del régimen también comenzaba a mostrarse en la calle, después de varios días de ausencia.Mientras estábamos encerrados en un hotel más alejado de la plaza Tajrir, sin poder trabajar con libertad, debatíamos sobre si abandonar o no el país.De nuestro grupo, dos decidimos regresar, y tres se quedaron. El temor, cada vez más palpable, era que los enfrentamientos de la plaza terminen extendiéndose por toda la ciudad, ya que entre los egipcios la desconfianza es cada vez mayor. «Tuve que pasar más de 10 controles, con personas con cuchillos de 80 centímetros de largo, y aunque fui muy amable con ellos, estaban muy nerviosos», me contó Osama cuando vino a buscarme hoy para llevarme al aeropuerto.»A mi no me gusta Mubarak, pero no podemos seguir así por más tiempo, nos estamos matando unos a otros, y esto puede ir a peor», añadió preocupado. Antes de despedirse, me dio la mano y me dijo que esperaba que volviera. En el aeropuerto me encontré con otros periodistas españoles que también se iban.Tras las movilizaciones populares, el Egipto del pasado no volverá.
Los comandos civiles convierten a El Cairo en tierra hostil
Mientras cientos de miles de manifestantes siguen desafiando al presidente egipcio Hosni Mubarak en la plaza Tajrir de El Cairo, la capital egipcia se convirtió en tierra hostil para los periodistas y un lugar inhóspito para turistas y los habitantes del país, entre los que se extendió el miedo y la desconfianza.
